LITERATURA

Emilia Pardo Bazán

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Compromiso, Pasión y mucho sentimiento
 

 

Existen abundantes tesimonios gráficos que nos ilustran con cierta exactitud sobre la relevante y copiosa vida social de doña Emilia Pardo Bazán entre Madrid, A Coruña y el Balneario de Mondariz donde pasaba sus veranos. Fotografías de aquella señora de buena estampa y carne prieta a la usanza de la época, que se consagró como una avanzad de su tiempo en una gran variedad de aspectos. Una de aquellas instantáneas, fechada en los primeros años del siglo XX, nos muestra a la condesa pertrechada para afrontar un viaje y subida en el gigantesco automóvil en el que estaba dispuesta a desplazarse: amplio sombrero atado con un velo de tul y guardapolvo de viaje sobre el vestido. Una situación que no sólo desafiaba los riesgos propios de un desplazamiento, efectuado en aquellos prodigios de la mecánica que comenzaban a imponerse trabajosamente a los tradicionales coches de tracción animal, sino a los innumerables prejuicios que afectaban de modo más severo a la condición de mujer. Hay que recordar que, en aquellos tiempo, se consideraba escandaloso que una dama se prestara a vivir experiencias semejantes. 

Baste saber, como ejemplo de la polémica que siguió a la presencia de la automoción en la España de principios de siglo, uno de los primeros conflictos domésticos que el joven rey Alfonso XIII hubo de lidiar con su propia casa civil poco después de tomar posesión del trono en 1902. El monarca se empeñó en sustituir paulatinamente sus cocheras de caba llos por automóviles, lo que produjo verdadera conmoción en la corte y desató una furibunda respuesta entre los res ponsables a su servicio; incluso el propio Gobierno consideraba poco menos que un suicidio embarcar al rey en aquellos esperpentos de motor y cuatro ruedas.

 Doña Emilia Pardo Bazán, rica de cuna y ávida permanente de cultura y experiencias, nunca se plegó a las exigencias de los demás; nunca se avino a convencionalismos; y nunca desertó de una fuerte vocación por lo heterodoxo que le granjeó no pocas enemistades y le proporcionó algunos serios sinsabores.

 Nacida en A Coruña en el seno de una familia de grandes recursos y títulos nobiliarios en septiembre de 1851, recibió una formación muy acorde con su condición de jovencita de buena cuna; criándose entre exclusivos colegios privados y profesores particulares a los que traía por la calle de la amargura. Por ejemplo, ante la desesperación de su institutriz, se negó en redondo a recibir clases de piano que, en aquel tiempo era una materia prácticamente obligada para las damitas casaderas y con posibles. 

 Su padre, Don José Pardo ostentaba el título de conde de Pardo Bazán que ella heredó posteriormente, y la familia mantenía varias residencias en las que transcurrían los periodos de invierno y estío entre las que no conviene olvidar una gran residencia en Madrid, una casa solariega en Sanxenxo y el Pazo de Meirás que, andando el tiempo, ocuparía la familia de Franco para convertirlo en retiro veraniego. 

 A la joven Emilia, que se aferró a su libertad desde el primer momento y comenzó a negarse a cualquier imposición, le importaban muy poco las tiranías a las que habían de someterse las damas de entonces y dedicó muchos de sus grandes esfuerzos a defender la condición de igualdad entre los sexos predicando con el ejemplo. 

Lectora impenitente desde que era una niña, se consolidó en la madurez como la primera periodista profesional de España y la primera mujer que impartió clases. Fue también pionera en el Ateneo, corresponsal de prensa, conferenciante, jurado literario y tantas otras cosas impensables para una mujer. Pero sobre todo y ante todo, fue una espléndida escritora que firmó una obra copiosa y de una notable singularidad, una producción amplísima y comprometida que ampara más de cuarenta novelas, siete obras teatrales,


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