APUNTES
INTERNACIONAL
LA CASA REAL
MONDARIZ Y EL FEMINISMO

La Chata

chataf.jpg     
Con Mondariz entre recuerdos

HIJA DE LA REINA ISABEL II, LA INFANTA ISABEL DE BORBÓN FUE UNO DE LOS ILUSTRES VISITANTES DEL BALNEARIO DE MONDARIZ

 

Isabel de Borbón, hija primogénita de la reina Isabel II y hermana de Alfonso XII, no pasará a la historia ni por su belleza ni probablemente por su especial distinción ni elegancia, propias ambas de la Belle Époque en la que transcurrió buena parte de su existencia, pero sí lo hará por una de aquellas virtudes que la gente solía destacar como casi trascendental a la hora de juzgar a los miembros de la realeza y mediante la cuál producía en la gente un sentimiento de proximidad capaz de demoler las naturales barreras de clase y la sima, ahora probablemente menos abrupta, que separa a los personajes de sangre azul de aquellos que conforman el pueblo llano. 

 La Infanta, conocida popularmente como La Chata por su nariz respingona y su pícara sonrisa, era, o en ello se empeñó al menos todo el mundo, una mujer muy campechana y muy de Madrid, chulapona y retrechera como su madre, airosa con el mantón de manila que paseaba en tardes de toros que eran su gran afición, y encendida y pasional en la intimidad, un extremo de su talante que nos ha llegado con cuentagotas y que parece entenderse a consecuencia de dos distintas razones. 

Su ancestros, y muy especialmente el ejemplo de su madre la reina Isabel II cuya vida sentimental fue tan pródiga como fluctuante y tormentosa, y su matrimonio con el Conde Girgenti, un noble italiano al que su condición de homosexual condujo a una desesperación tal que acabó en suicidio corriendo el año 1871 y dejándola viuda y en completo desconsuelo tras una amarga vida en común. 

La Chata fue, por tanto, una mujer sentimentalmente desgraciada y afligida por un marco afectivo difícilmente admisible en la época y extraordinariamente complejo de asumir para ella misma y su entorno familiar.

Isabel de Borbón y Borbón, había nacido en Madrid en 1851 y oficialmente era hija de la reina Isabel II y su esposo Francisco de Asís. Si bien todos los hijos legítimos y reconocidos que tuvo la soberana contaban con la supuesta paternidad del rey consorte, la cruda verdad distaba mucho de aquella farsa consentida e incluso pagada religiosamente por la Corona para cubrir las apariencias. Paquito como se conocía al real esposo popularmente, era, además de homosexual, impotente. 

Y si bien esta primera condición no hubiera sido probablemente obstáculo para procrear aunque fuera a la fuerza y por “razones de Estado”, lo cierto es que había nacido con una malformación que hoy en día se corrige sin dificultad a base de cirugía pero que en el siglo XIX constituía un obstáculo prácticamente insalvable. 

El esposo de Isabel estaba aquejado de hipospadias, un defecto congénito por el que la uretra, en lugar de abrirse paso al exterior por su lugar natural al extremo del glande, lo hace mucho antes, próximo al escroto. De este modo, el pene nació prácticamente atrofiado y el enfermo había de orinar en postura de mujer. Manuel del Palacio, un cáustico poeta que militaba en el bando revolucionario, compuso para él los famosos versos que dicen así: “Paquito Natillas es de pasta flora y mea en cuclillas como una señora”. 

La rima define a la perfección el disparate que significó casar a una hembra fogosa y rebosante de vida como la joven Isabel con un personaje de la catadura física y moral del rey Francisco que, además, se entendía con un sevillano por nombre Ramos Meneses. El consorte no sólo nada tenía que hacer como pareja de la reina sino que era un mal hombre, taimado, retorcido, conspirador, retrógrado y capaz de involucrarse en atentados contra la vida de su propia esposa.

Por lo tanto, el que dice ser padre de la infanta no lo fue. El dicho popular interpreta que el auténtico padre de Isabel Manuel Ruiz de Arana, guapo mozo y orgulloso, al que se conoció simplemente como ‘el pollo Arana’. 

Por lo tanto y mientras a La Chata se le aplicó el mote de La Araneja en razón de su secreto padre, el futuro rey de España, el príncipe heredero Alfonso, pasó a ser ‘el puigmoltejo’ porque se sospecha razonablemente que su progenitor era un atractivo y misterioso militar llamado Francisco Puig y Moltó que acabó sus días de embajador en un lejano país separado de la reina por motivos evidentes.

 Con estos antecedentes es fácil suponer que Isabel de Borbón, conocida y querida como La Chata, guardaba en su interior algún que otro recoveco de una digestión difícil. 

Princesa de Asturias en dos ocasiones, la primera desde su nacimiento hasta el nacimiento de su hermano Alfonso que se convirtió en heredero a su vez, y la segunda más tardía, desde la Restauración hasta que ese mismo hermano y heredero fue padre por primera vez, Isabel fue distinguida como imprescindible en el traslado de Alfonso XII a Madrid una vez recuperado el trono, en un proceso que Canovas hubiera deseado de corazón que hubiera estado precedido de un escrupuloso procedimiento democrático pero que, a la postre, se decidió en un nuevo golpe de Estado que protagonizó el general Martínez Campos sublevado contra el ministerio-república de Serrano en un bosque próximo a Sagunto durante los últimos días del mes de diciembre de 1874. Se convirtió en camarera mayor del joven y recién instaurado monarca y probablemente, en su confidente más próxima y fiable.

En 1914, cuando contaba sesenta y tres años, la infanta estuvo aunque no por muchos días, en Mondariz, uniendo su nombre al de múltiples personalidades de la época que eligieron las instalaciones del balneario gallego para administrarse un descanso. 

La Chata era, por aquel momento y ya razonablemente consolidado el proceso dinástico en las sienes de su sobrino Alfonso XIII -a su vez hijo póstumo de Alfonso XII y su segunda esposa Cristina de Habsburgo Lorena- un personaje muy popular que solía acudir a los saraos de alcurnia, que estaba presente en actos sociales de toda índole, que no se perdía una tarde de toros como rezan incluso versos populares muy del gusto de la época, y que rellenaba incontables portadas de ABC, ya compareciendo en la inauguración del Hospital de Jornaleros de la calle Maudes obra del gallego Antonio Palacios, ya presidiendo la entrega de premios literarios o ilustrando con su presencia el desarrollo de unos juegos florales. Llegó a Mondariz en julio probablemente entre los días 15 y 19 de aquel mes, y su estancia fue breve pero, al parecer jugosa y recordada posteriormente con agrado por ella misma. 

Años más tarde, la infanta rememoró aquella única visita en un texto que escribió como dedicatoria para un suplemento de la revista La Temporada llamado precisamente Mondariz. 

“Para la revista Mondariz -rezaba la dedicatoria- recordando siempre con mucho gusto y agradecimiento los días que paseé allí y la amabilidad de los señores Peinador. Isabel de Borbón. Madrid, 18 de enero de 1917”. 

Los ecos de sociedad de entonces destacan que fue a recibirla una hija del general Miguel Primo de Rivera y Orbaneja que también acudió a tomar las aguas en el establecimiento y de cuya presencia existe cumplida cuenta en los primeros días de agosto de 1928, cuando el militar gaditano ya se había convertido en presidente del Gobierno de una dictadura que precipitó, sin duda, los dramáticos acontecimientos posteriores. 

Primo de Rivera acudió allí a tomar las aguas colmando de felicidad a los propietarios del recinto los hermanos Peinador, y allí coincidió con Millán Astray el gallego que acababa de fundar el Tercio de la Legión. 

La hija del general que se convirtió en septiembre de 1923 en protagonista de un nuevo golpe de Estado que el rey cometió la torpeza de aceptar y proteger, era viuda por entonces. 

El general, padre también del fundador de la Falange, el abogado José Antonio Primo de Rivera fusilado por esta causa en la cárcel modelo de Alicante al inicio de la Guerra Civil, fallecería en el exilio francés al que se sometió voluntariamente perdida la confianza del rey en 1930. La Chata le superó en un año.

Isabel de Borbón se exilió en París en 1931 coincidiendo con la proclamación de la República y la huida de España de la Familia Real. Las elecciones de abril de aquel año, ganadas por la monarquía en los núcleos rurales y perdidas en las grandes ciudades, convencieron a Alfonso XIII de la necesidad de abdicar de la Corona y abandonar el país. Isabel lo hizo también. 

Falleció pocos meses después en su exilio parisino. Contaba ochenta años y sus restos fueron devueltos a España y enterrados definitivamente como corresponde a su condición, en el monasterio de El Escorial.

ENLACES DE INTERÉS

PATRONATO
EMPRESAS COLABORADORAS