TRADICÓN MÚSICAL
Mondariz, y el piano firmado por dos genios emigrantes

KQ9U4762b.jpg           Una tecla del “Steinway” que preside su salón, lleva la rúbrica del gran Arthur Rubinstein 



Desde 1853, la firma “Steinway” lleva fabricando el instrumento más noble y poderoso de la escala musical. Confeccionado enteramente a mano y de casi dos metros de fondo en sus tamaños  más habituales, un piano “Steinway” es  probablemente, y con el permiso de algunos fabricantes europeos, el mejor piano del mundo y la culminación de un proceso largo y extremadamente cuidadoso que dura un año para cada unidad y que produce una auténtica obra de arte en registro, sonidos y deslumbrante fachada exterior. Un piano de esta casa es como una catedral, y los expertos aseguran que cuando un artista ha pulsado una de las teclas de un “Steinway” ya no desea interpretar en otro que no pertenezca a esta legendaria factoría. Aquella que Henry E. Steinway fundó a mediados del siglo XIX, y cuya tradición han continuado sus hijos, nietos y biznietos hasta consolidar  una auténtica referencia irrefutable en el  hermoso universo de la música universal y con  escrita con mayúsculas. El piano ideal para que lo tocara Arthur Rubinstein, cuya firma figura en el lateral de una tecla del que preside el gran salón del Balneario de Mondariz.

Henry Steinway, el alemán de Nueva York

El mejor piano de la creación se fabrica de modo general, en la factoría madre situada en Long Island City en el estado de Nueva York,  y la actual dirección de la compañía se sitúa en una plaza de la ciudad que, en clave de homenaje, lleva su propio nombre. Es decir, la fábrica de pianos más poderosa del mundo se domicilia en el número 1 de la Steinway Place. Su fundador era, como tantos otros llegados a la tierra prometida en la primera mitad del siglo XIX, un extranjero que cambió su nombre para  convertirse en ciudadano de los Estados Unidos a todos los efectos y para sentirse a si mismo  parte del gran país, incluyendo en esa reconversión como punto de partida de un proceso de integración  urgente, el nombre y el apellido primitivo. Henry Steinway se llamaba en realidad Heinrich Engelhard Steinweg y había nacido en la localidad alemana de Wolshagen im Harz en febrero de 1797 y en el seno de una familia muy humilde. A los quince años era aprendiz de carpintería, y unos años más tarde, comenzó a ejercer el oficio de ayudante en un taller en el que se confeccionaban órganos en la ciudad de Goslar, una ciudad burguesa y populosa en la Baja Sajonia de cuarenta mil habitantes, que se encuentra situada prácticamente en el centro geográfico de la Alemania actual.

Heinrich sufrió considerablemente en su adolescencia. Comenzó a construir instrumentos propios escondido en la cocina de su casa, de tal modo que simultaneaba esa dolorosa etapa de incomprensión y abusos, trabajando muy duramente en taller ajeno y aprendiendo a interpretar música en ellos, interpretando durante los oficios religiosos en la iglesia de su comunidad. En 1835, concluyó su primer piano, aquel que regaló a su novia el día preciso en el que contrajeron matrimonio. Un año después, y también en la cocina de su domicilio en Seesen, finalizó su primer gran instrumento con  gran parte de las virtudes que caracterizaron los que salieron de su fábrica en  los años posteriores. El histórico piano hecho en su cocina ha pasado a la historia precisamente con esta denominación, “the piano kitchen”, y actualmente, forma parte de la espléndida colección del Museo Metropolitano de Arte de la ciudad de Nueva York.

Fue a aquella ciudad de la costa este de los Estados Unidos a la que llegó desde el puerto germano de Braunschweig cuando en 1851, y huyendo de la profunda inestabilidad política que azotaba su propia nación, decidió abandonarla y emigrar al continente americano. Steinweg llegó a la gran ciudad en compañía de su mujer y cuatro de sus hijos, mientras el restante, Theodore permanecía en Alemania al cuidado de la fábrica paterna. El  fabricante de pianos cambió pronto su nombre primitivo, lo convirtió en Henry Steinway, distribuyó a los muchachos por diferentes fábricas y tiendas de instrumentos músicos y, una vez consolidada su posición, en 1853 fundó, junto a sus hijos, su propia factoría y su propia marca “Steinway & Sons”, con la que se hizo universalmente famoso. La primera unidad de su fábrica incorporaba grandes novedades en la estructura del instrumento, y fue presentada en la Feria Industrial de Nueva York en 1855. Henry Steinway falleció en su ciudad de adopción en 1871 dejando a sus descendientes y al mundo un espléndido legado.

Arthur Rubinstein el polaco americano

Una de estas obras de arte nacida en la factoría de Long Islan City, recién afinado, completamente recuperado y a punto, preside hoy el salón principal del Balneario de Mondariz, y la tecla correspondiente al Fa natural está firmada en uno de sus laterales nada menos que por Arthur Rubinstein. La larga y fecunda trayectoria musical del Balneario, el amplio abanico de notables que descansaron y tomaron fuerzas en sus instalaciones, la  enorme repercusión social, cultural y política que cobraron sus salones y la categoría de las actividades culturales y artísticas que en el complejo se desarrollaron, explican con toda naturalidad la presencia de un instrumento como el que hoy  puede allí admirarse, puesto que un Steinway legítimo firmado por Rubinstein no es precisamente una pieza de las que se encuentran todos los días, y existen razones de peso para comprender que uno de los grandes puntos de cita irrenunciable para la élite de los años puente entre finales del siglo XIX y primeras décadas del XX, no podía hacerlo por menos. El piano data de los primeros años de la centuria pasada y  constituye también el hermoso y consistente vínculo capaz de  engarzar dos  trayectorias no divergentes. El piano lleva por tanto, la firma de ambos, la de Steinway en el frontal y la de Rubinstein en una tecla blanca.

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Y es que Rubinstein también fue un norteamericano de adopción y, como el fabricante de los pianos que tantas veces sirvieron para que los mágicos dedos de un intérprete universal considerado uno de los más grandes intérpretes de la historia  obtuvieran en su teclado efectos sublimes, llegó a los Estados Unidos desde Europa y del mismo modo, cambió su nombre para adecuarlo a la fonética sajona. Artur Rubinstein (más tarde Arthur), había nacido en enero de 1887 en Lodz (Polonia) y era el séptimo hijo de una familia de tejedores de origen germano afincada en territorio polaco, un terreno tan inestable y cambiante como deseaban que fuera las incontables crisis y conflictos que azotaron el centro de Europa desde Napoleón.  Con tres años se inició en el piano y, a pesar de las frecuentes broncas que sus maestros le administraban por su indolencia, dio, como Mozart, su primer concierto a los seis.

Tras  formarse definitivamente en Alemania y ofrecer su primer concierto en Berlín, Rubinstein emigró a Francia y se afincó provisionalmente en París, ciudad desde la que viajó por primera vez a los Estados Unidos donde ofreció su primera actuación en la ciudad de Filadelfia en la que no triunfó. El público estadounidense le tributó un recibimiento frío, y el futuro genio, admirado y celebrado  posteriormente en todo el país hasta convertirle en una de las grandes estrellas mundanas de su tiempo, pasó prácticamente desapercibido en su gira debutante. Rubinstein, que por aquel entonces tocó varias veces con Pau Casal, pasó la I Guerra con residencia en Londres pero se movió por medio mundo dando rienda suelta a su arte y a sus ganas de vivir la vida.

Rubinstein fue uno de los vividores alocados y felices de los glamorosos años veinte. Presente en todas las páginas de sociedad de los granes diarios, invitado a las fiestas del más alto copete, él mismo reconoció más tarde que hubo una época en su vida en la que le interesaban mucho más las mujeres y los vinos que las teclas de un piano aunque fueran las de uno fabricado por “Henry Steinway & Sons”. “De joven era muy vago –comentaba divertido el genio en su madurez-  y, si bien tenía talento, había muchas cosas en la vida que me interesaban más, las mujeres y el buen vino primordialmente”. De hecho, realizó giras y conciertos por  buena parte del mundo con especial fervor en los países cálidos de estirpe latina que le  adoraban y a los que adoraba. El músico tocó muchas veces en  Latinoamérica y cautivó al público español. En 1916, llegó para ofrecer cuatro conciertos en nuestro país y los cuatro se convirtieron en cien mientras el maestro se divertía de lo lindo entre chicas guapas, amores ardientes y una vida  desenfrenada y feroz. Profundo admirador de la música de Falla y Granados, amigo personal de Alfonso XIII y la Familia Real, el monarca le concedió un pasaporte español para que pudiera viajar libremente por países en conflicto ya que el nuestro era neutral en aquella guerra. El genio polaco había jurado públicamente en 1914 no volver a tocar nunca más en Alemania y cumplió fielmente su compromiso. Pero se desquitó tocando alegremente en todos los demás.

 Fue el compositor francés Paul Dukas en el que le salvó, según su propio testimonio, de aquel marasmo. “París es demasiado divertido para que usted viva en él y corre peligro de perderse.  – le dijo un día- Hágame caso, vuélvase a Polonia, cure su alma y su cuerpo, beba leche, salga de paseo y acuéstese a horas decentes. Sea un hombre honrado”. El músico  supuso que aquel era un consejo sensato y lo aceptó resignado y consciente de que era lo mejor que podía hacer. Se casó con una bella joven polaca llamada Aniela Mlynarsky, y se puso a trabajar de verdad, en cuerpo y alma. Dedicó dieciséis horas diarias de trabajo al piano, y en 1937 volvió a los Estados Unidos donde se consagró como un genio y donde fue aclamado y venerado por multitudes que, posteriormente, se convertirían en sus conciudadanos cuando, nada más estallar la II Guerra Mundial, decidió trasladarse a los Estados Unidos, país cuya nacionalidad obtuvo en 1946. Falleció en Ginebra en 1982, tras dejar para la posteridad su arte inimitable y un divertido cúmulo de chascarrillos y anécdotas alguna con escenario español. Un día, un afinador se esforzaba inútilmente en poner a punto una nota rebelde en su piano antes de un concierto en el auditorio de Palma de Mallorca. “Déjelo hombre –le dijo en español el maestro- Si la gente no se va a dar cuenta”. Un año más tarde, en el mismo escenario, el maestro Rubinstein invitó a todos aquellos que se habían quedado fuera y los fue acomodando sentándolos en el propio escenario. Daniel Barenboim, el gran director de orquesta argentino-isrealí que reside habitualmente en Madrid  le conoció cuando tenía dieciséis años. “Fui a su casa –recuerda-  muerto de miedo ante la presencia de un músico tan grande. Bueno. Me dio un puro y una copa de coña,  así  que mis padres se preguntaron a la vuelta por qué llegaba tan alegre”.  Rubinstein era un pura sangre de la interpretación y su manera de  atacar el teclado era tan intelectual como física. Un día, interpretando a Beethoven, le puso tanto ardor al pasaje final que se le rompió por la mitad la banqueta y el maestro hubo de finalizar la pieza medio de pie y medio sentado, entre el fervor del público y una ovación de gala. No falló una nota. 

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